Empezaba a estrenarse marzo. Nos sofocaba el calor de una noche sin registro. El sol pintaba el piso de madera y las sábanas habían desaparecido en algún rincón.
No escuchaste ninguno de los tres intentos de despertador, yo abrí los ojos, corrí tu mano de mi abdomen, sonreí. No pude sacarte los ojos de encima durante veinte minutos: dormías con paz, sin abandonar esa seriedad que te caracteriza, y con satisfacción, con esa cara que ponen los nenes cuando logran algo que saben que no deberían haber hecho.
Encontré tu remera abajo de la cama, me vestí de tu perfume, congelé mi mirada en un punto fijo y acaricie tu espalda como por inercia. Dos, tres veces, a lo mejor fueron más de diez. Esa mañana tu piel olía increíble.
Sabía que iba a extrañarte. Sabia que esa era la última, porque simplemente así tenía que ser. Teníamos que perdernos porque nos habíamos encontrado.
Te bese el cuello sin que te dieras cuenta, para sentir que te dejaba algo mío. Apoye los pies en restos de cigarrillos y botellas, me puse la ropa desparramada por la habitación, busqué mi cartera, cerré la puerta, abriste los ojos. Tu memoria se reiniciaba en el instante en el que yo me desintegraba.
Desligarse (física, mental y emocionalmente).
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