Written up in marker on a factory sign 'I struggle with the feeling that my life isn't mine'
"Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. Que nunca intentaré olvidarte, y que si lo hiciera, no lo conseguiría. Que me encanta mirarte y que te hago mío con solo verte de lejos. Que adoro tus lunares y tu pecho me parece el paraíso. Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser"

Maktub ordena. No fuimos nada. No somos nada. No vamos a ser nada. Pero te quise. Te quiero. Te voy a querer, siempre.
Hubiera preferido que estallaras por dentro de tanto guardar tus secretos. Hubiera preferido que tardaras días, meses, años en inventar una buena mentira (aunque ambos sabemos que me hubiera dado cuenta). Hubiera preferido mil veces que te quedaras callado y me dieras la razón así te estuvieras muriendo por hacerme la contra, pero nunca que me hayas vomitado así tus verdades, pretendiendo que yo te las acepte sin más reproches y prosiga con el natural transcurso de nuestras vidas.
Y mejor ni hablemos de las excusas. Siempre fuiste pésimo dando explicaciones. A lo mejor sí, necesito compañía, me nublo cuando las cosas no salen como las esperaba, pego portazos cuando no me dan la razón, entro muy rápido en confianza y nunca salgo ilesa de los problemas. Si me siento cómoda río sin mirar a quien tenga al lado, me pongo loca si no puedo hacer lo que quiero, si alguien me incomoda hablo rápido y digo muchas estupideces de las que al rato me arrepiento, escapo desesperada cuando se me terminan las opciones y nunca voy a aprender a manejar las situaciones. Me gusta tomar helado como si se terminara el mundo mañana, me ahogo en vasos de agua, me pongo violenta cuando me hacen cosquillas, miro treinta veces la misma película de amor porque se que me va a hacer llorar. Bailo sola, pido que me acaricien el pelo, canto muy fuerte con micrófonos que voy inventando al paso, no me da vergüenza ser infantil cuando estoy con mis amigos, ni me cuesta gritarte las cosas en la cara. Si me abrazas, te abrazo. Si me pinchas, me duele. Y si me rompes el corazón, sufro. Pero no, no soy frágil, no me voy a romper por caerme, y por más costumbre que tenga la gente a verme débil y cuidarme, yo puedo sola. Así que no, no me pongas de excusa que te callaste para cuidarme, porque no me sirven tus cuidados. Porque estaba preparada para cualquier cosa, porque para excusas ya tengo las propias, las del autoconvencimiento, las que yo misma me invento para que todo duela menos. No necesito más, y menos las tuyas. Y si dejaste que pasara el tiempo, hubiera preferido que dejaras las cosas como estaban. Yo estoy bien así, no desestabilices mi orden, no necesito tus confesiones, ni tu lástima, ni tu comprensión, no ahora.
"¿Pudiste dormir algo?" fue lo primero que soltaste cuando reaccionaste. Te asentí con la cabeza, la primer mentira que te dije en toda la noche.
Durante horas había estado mirando un punto fijo en la pared, sintiendo tu respiración en mi nuca, los latidos de tu pecho en mi espalda, acariciando tu mano en mi cintura, pensando. Pensando por qué ahora, por qué esta noche, por qué después de cinco años, después de meses de neutralidad y rutina, hacía dos noches que no podíamos dejar de gritarnos en la cara. Por qué de golpe todo se revolucionó y estallamos los dos al mismo tiempo, por qué elegimos esa noche para vomitar todos los secretos que habíamos acumulado en tantos años. Y no pudimos mirarnos, vos en la cama, yo chinito en el piso, la habitación completamente oscura y los demonios que por alguna razón ya no pudimos guardar más. Nos separaban menos centímetros de los que hubieran debido, podía sentir como tu voz me golpeaba la nariz.
Me dijiste exactamente todo lo que siempre había querido escuchar, pero tardaste demasiado. Ambos lo hicimos. "¿Por qué nunca me dijiste nada?" Y si mi amor propio no me hubiera frenado a tiempo mi respuesta habría sido "Porque no tengo la más puta idea de qué es lo que quiero". Porque si me lo hubieras preguntado hace un año atrás la historia habría sido otra. Te había querido a vos, todo este tiempo lo único que había querido era a vos. Pero lo mejor que pude -o lo único que mi conciencia me dejó- responderte fue que me doliste hasta el cansancio. Que me había quedado sin energías de tanto padecerte. Que nunca tuvo ningún sentido nada de esto. Ni lo iba a tener. Que vos estas acá, yo allá, y que nada de lo que pudiéramos decirnos ahora iba a servir de algo, porque habíamos llegado tarde. Porque nuestro tiempo, si es que alguna vez tuvimos un tiempo correspondido, ya había pasado por adelante nuestro hacía muchisimo, y culpa nuestra no haberlo sabido aprovechar.
Y creo que me dormí acariciándote la cara, diciéndote que me había sacado un peso de encima cuando en realidad creo que me sumé muchos más de los que me liberé. Y creo que no me acuerdo nada más, o no me quiero acordar de nada más, porque retrocedí dos años de superación en una hora y media. Porque una vez más vos y tu capacidad para manejarme habían logrado tirar la pared de orgullo propio que tantos meses de insomnios me habían llevado. Porque ahora mientras vos dormís en mi panza y cada tanto soltas un "¿Que te pasa?" yo me pregunto qué sentido tuvo tener que llegar hasta acá. Los honesticidios nunca traen buenas consecuencias.
A lo mejor no queríamos creer, y en realidad todo en este mundo tiene un orden perfecto, una lógica, una ya predeterminada reacción de causa y efecto. A lo mejor todo esta así por algo, a lo mejor maktub era real. Y nada de karma, y nada de casualidades, vos ibas a estar ahí, esa noche, ese minuto, esa cerveza que me compartiste para empezar algo que al ratito ya no íbamos a saber frenar. Y vos ibas a estar ahí, esa fiesta, esa banda, ese tequila que desencadeno la catástrofe.
Y teníamos que elegir esa plaza para pasar las tardes, esa vereda para pasar las madrugadas, ese mate como excusa perfecta para todo. Y tenias que ser vos, vos y tus jeans caídos, tu gorrita negra, tu risa cortada por el humo del pucho. Y tenían que ser las llamadas hasta quedarnos dormidos, la cantidad de sinsentidos que inventamos, los abrazos en silencio que no pudimos evitar. Todo tenia su lógica, ese sillón, esa pulsera, ese ultimo mensaje de buenas noches. A lo mejor tenias que quebrarme en veinte como lo hiciste. Y tenias que dolerme, y tenia que extrañarte, para soñar que volvías, para encontrarte como hoy, y volver a verte, y mirar al piso porque me desestabiliza tu presencia, y mirarte a vos y encontrar las razones por las que no puedo dejarte ir, y pensar que sos un imbécil por dejar otra vez la facultad, y alegrarme porque por fin haces algo por vos mismo, y no querer que te vayas de viaje, y tener miedo de no volverte a ver, y notar de reojo que te agrandaste el expansor, y volver a mirar fijo el piso y perder el pulso mientras me hablas.
Todo lo que nos rodeaba había cambiado. Tu habitación ya no era la que tenía en mi memoria, tu casa no era la misma, tu cama ya no era tu cama. Sin embargo vos seguías intacto. Impecablemente intacto. Tu voz seguía igual, tus manos todavía estaban heladas, tu mirada dolía como siempre. Eras vos, estabas acá, habías vuelto.
Sentí en tus abrazos esa ternura que aparentaste desde el primer día, tu cuello olía como si el tiempo no hubiera pasado, tus clavículas me partían al medio otra vez, el cenicero en la mesa de luz, tu sonrisa seca y tus besos chiquititos eran la evidencia perfecta de que todo era real, estabas conmigo devuelta.
Y el despertador sonó y me rehusé a abrir los ojos para no perderte de nuevo. Te ibas evaporando como todas las mañanas, como cada vez que el subconsiente me dejaba acariciarte un ratito más.
Cuando volví en mí habías desaparecido con la misma facilidad con la que lo hiciste hace ya unas cuantas semanas, pero dolía como si fuera la primera vez.
"Uno solo conserva lo que no amarra", y como quien sabe que se cae y no termina de soltarse, esto se vuelve cada vez un poquito más difícil.
Empezaba a estrenarse marzo. Nos sofocaba el calor de una noche sin registro. El sol pintaba el piso de madera y las sábanas habían desaparecido en algún rincón.
 No escuchaste ninguno de los tres intentos de despertador, yo abrí los ojos, corrí tu mano de mi abdomen, sonreí. No pude sacarte los ojos de encima durante veinte minutos: dormías con paz, sin abandonar esa seriedad que te caracteriza, y con satisfacción, con esa cara que ponen los nenes cuando logran algo que saben que no deberían haber hecho.
 Encontré tu remera abajo de la cama, me vestí de tu perfume, congelé mi mirada en un punto fijo y acaricie tu espalda como por inercia. Dos, tres veces, a lo mejor fueron más de diez. Esa mañana tu piel olía increíble.
 Sabía que iba a extrañarte. Sabia que esa era la última, porque simplemente así tenía que ser. Teníamos que perdernos porque nos habíamos encontrado.
 Te bese el cuello sin que te dieras cuenta, para sentir que te dejaba algo mío. Apoye los pies en restos de cigarrillos y botellas, me puse la ropa desparramada por la habitación, busqué mi cartera, cerré la puerta, abriste los ojos. Tu memoria se reiniciaba en el instante en el que yo me desintegraba.

Desligarse (física, mental y emocionalmente).

Las manos más frías.
El pelo más suave.
La voz más manipulable.
La piel más blanca.
Las palabras más interesadas.
Las promesas más falsas.
Las horas mejor gastadas.
La mirada más profunda que vi en mi vida.
Las noches más cálidas.
El tiempo más lento.
La atención más vacía.
La compañia más solitaria.
La ternura más efímera.
Las caricias más inolvidables.
El alma más impenetrable.
La cabeza más indescifrable.
La presencia más desestabilizante.
La libertad más dolorosa.
La sonrisa más increíble del mundo.

Las esperanzas más pacientes. Volvé cuando quieras.

Somos cuestión de tiempo. Cuestión de ganas. Cuestión de piel, eramos.
 Cuestión de risas que chocaban, y se unían, y quedaban, y alegraban. Me alegraban.
Y ante todo, fuimos cuestión de palabras. Cuestión de incoherencias. De proyecciones. De un exceso de indicios desvanecidos.
 Probablemente nunca previste la magnitud de los hechos. Seguiste tu instinto, tus ganas, tu cuestión de piel, mi risa chocando con la tuya. Cuestión de un par de miradas cómplices. No pensaste, no te detuviste. Seguiste. Una linda forma de llenar tus horas.
 Fuimos cuestión de la calma en la que estábamos. Y te hastiaste. Quisiste ver más allá, y te olvidaste (¿te olvidaste?) de seguir viendo más acá.


(Te gustaba desintegrar corazones ajenos porque no necesitabas más que el tuyo)